Quinto viaje al corazón de Europa – por Francesc Sánchez
Llegó el momento de partir y después de barajar algunas opciones más arriesgadas decido jugar sobreseguro y moverme una vez más desde la Alsacia. No es que realmente mi ocurrencia inicial fuera temeraria, pero tampoco es cuestión de complicarse excesivamente la vida cuando te vas de vacaciones. Hace poco ha habido incendios importantes tanto en España, al Norte y Oeste de Madrid, como en Francia, en la Gironda, y no hace tanto en los alrededores de París. El calor desalienta, pero lo dicho es hecho. El día antes de partir, por si faltaba algo, se produce una crisis migratoria en Ceuta, una auténtica invasión de más de 80.000 personas procedentes de Marruecos, que en su mayoría han podido entrar en la ciudad autónoma sin ningún tipo de problema, llegando a nado o sorteando el espigón. En su mayoría, porque no todos lo consiguieron: 82 murieron ahogados y 237 resultaron heridos. Desde el gobierno atribuyen estos hechos a las mafias y las redes sociales, aunque no logro entender qué ganan, al menos en este primer momento, sin cobrar nada. En el lado marroquí no había vigilancia alguna. Es muy difícil no pensar que este tipo de movimiento de personas en la frontera marroquí no sea una herramienta geopolítica de nuestro vecino, para usar a discreción contra España y la Unión Europea. Les importan muy poco sus propios jóvenes y aquí, en lugar de recibirlos a balazos como hacen los Estados fascistas, les intentamos dar un trato humanitario. Por la noche, mientras parece que se hunde todo en este país, hago mis preparativos y apenas duermo nada. Al iniciar mi marcha a primera hora de la mañana olvido mi bocadillo y mi agua, por lo que en la estación tengo que comprar algo. Mi primer tramo de viaje es hasta París en un TGV InOui, y desde allí tomaré otro tren de este tipo hasta mi objetivo, la ciudad alsaciana de Estrasburgo.
No logro entender del todo cómo en la estación de Sants nos hacen perder tanto el tiempo con esperas y colas interminables. Ya en el tren el trayecto se me hace pesado. Veo que sigue estando ese lugar en el que hay aviones, aunque no es ningún tipo de aeropuerto. Luego llegan los lagos, esas entradas del mar, en las que el tren parece suspendido en el aire. Sube la policía a pedir pasaportes a todos. Y esto es una consecuencia directa de lo de Ceuta. Giorgia Meloni en Italia suspende el Tratado de Schengen con nosotros, pero Francia siempre que quiere nos pide que nos identifiquemos. Luego me piden el billete. En la estación de Valence tengo como acompañante a una francesa de avanzada edad. En fin, llegamos a la Gare de Lyon y, después de fumarme un cigarro, inicio mi recorrido por el subsuelo de Paris buscando la línea 1 del metro para alcanzar la estación de Bastille, y desde ahí conectar con la línea 5 y llegar a la Gare de l’Est, la estación desde donde en unas horas sale mi tren hacia Estrasburgo. En esta estación podéis ver el monumento de los ferroviarios a los muertos por Francia y a los deportados en las dos guerras mundiales. Se nota el calor. Llega el momento de subirme al tren y tengo como acompañante a una chica que está haciendo bordado. El viaje es más agradable y sobre las nueve menos cuarto llego a mi destino. Una vez allí busco la parada del tranvía que me llevará al hotel. Al llegar dejo mis bártulos en la habitación y bajo para hablar un rato con un joven que trabaja en el hotel que ya conozco, y ponerme a cenar lo habitual. Ha sido una jornada larga y cansada, por lo que sería fácil pensar que es fácil dormir toda la noche, pero el calor y la llegada de nuevos clientes al hotel me lo complican.
Este primer día en Estrasburgo ya tenía pensado dedicarlo a visitar la ciudad y a descansar. Me levanto entre las ocho y las nueve y, después de reencontrarme con el trabajador del hotel que más conozco y con el que he trabado cierta amistad, me voy al centro. Camino a través de la Gran Rue hasta que llego a la Plaza Gutenberg, donde sobre las diez empiezan a llegar los miembros de los bailes alsacianos, y al cabo de un rato alcanzo la Catedral, llena de gente y hoy domingo con servicio garantizado. La Plaza del Palacio Rohan es perfecta para sentarse un buen rato. Recuerdo que hoy, siendo día 2 de agosto, coincide con el primer domingo del mes, y como en mi tierra, aquí los museos también son gratuitos, así que decido acercarme al Museo de Historia de la Ciudad para ver qué encuentro. Si no lo has visitado antes, debes de hacerlo, y si, como es mi caso, la entrada es libre, es obligado repasarlo. En él encuentras la historia desde la fundación de la ciudad con los romanos en siglo I a.C. bajo el nombre de Argentoratum hasta nuestros días. Pronto descubres que Estrasburgo, como toda la Alsacia, no siempre ha sido francesa, pero tampoco lo ha sido alemana, son las dos cosas al mismo tiempo, y ante todo es europea. Existe un espacio donde, entre penumbras y luces bien dispuestas, puedes ver una gran maqueta de cómo era la ciudad hasta principios del siglo XX. El pasado nazi tras la invasión de los alemanes el 19 de junio de 1940 durante la Segunda Guerra Mundial también es muy interesante. Al salir decido recorrer la Gran Rue y entrar en un supermercado y comprar seis botellas de agua Evian. Listo y para el hotel, donde hablo con el que más conozco.
El lío de Ceuta ha abierto debates encendidos, aunque algunos intrascendentes, como el de la diferencia entre colonia y conquista, términos usados en diferentes épocas para explicar situaciones muy parecidas, deformados por demagogos que ni han visitado nunca esos lugares ni saben apenas nada de historia. Gran error que los historiadores caigamos en semejantes disparates. Para mí una colonia son los territorios y los pueblos que están sometidos de mejor o peor gana a una metrópolis, que ejerce su dominio imperial, dando igual si hablamos del Imperio español sobre las Indias o el Imperio británico sobre la India. Luego podemos entrar en si es efectiva o no una integración y los grados de sometimiento, pero esto, aunque más entretenido, ya se desplaza más de estos debates. Hoy, por ejemplo, suele considerarse por un buen número de nostálgicos de algo que no conocieron, mejor la conquista y peor la colonia, cuando para un caso la brutalidad era la norma, y en el otro caso esa misma brutalidad se consideraba más civilizada, y digámoslo claramente, más cínica y perniciosa, porque ese otro movimiento venía dado por los Estados nación que habían mamado el espíritu de las luces de la Ilustración. En el caso de Ceuta y Melilla, efectivamente, desde siempre forman parte de España, tienen su debida representación política en las instituciones españolas, pero Marruecos lleva a cabo un buen trabajo de irredentismo sobre estas ciudades, y también las Islas Canarias, para consumo político interno, desviando la atención de su propia población de problemas gravísimos de todo tipo que tiene su sociedad. Marruecos chantajea a España y a la Unión Europea con la presión migratoria para obtener ventajas comerciales y compensaciones económicas, y pretende también legitimar su ocupación del Sáhara Occidental con el silencio de su antigua metrópolis, que no es otra que España.
Vuelvo al centro para comer algo. Tenía cierta idea de ir a Kehl en tranvía, pero dos circunstancias me disuaden: primero, el calor, y luego algo que aún no he dicho. Resulta que durante este mes de agosto la Compagnie des Transports Strasbourgeois (la entidad del transporte de Estrasburgo) ha decidido cambiar las vías en diferentes tramos del tranvía del centro de la ciudad. El resultado es que el servicio en estos trayectos ha quedado interrumpido, por lo que si quieres continuar el trayecto una vez llegues a la última parada operativa, tienes que alcanzar andando o en autobús el otro tramo de la línea más cercano a donde te encuentres. Este año vuelve a haber espectáculo de luces y sonido en la Catedral de Estrasburgo, por lo que decido ir a verlo. Pero antes voy a cenar a un restaurante que ya conocía, el Tigre, donde pido una Tarta alsaciana gratinada; sin embargo, no me termina de convencer y además la recordaba de otra manera. En cuanto al Espectáculo junto a la Catedral, primero hay que decir que en el anterior que presencié en el 2019 ocupaba toda la parte horizontal del edifico que da a la Plaza Rohan, pero esta vez solo lo hacen en la fachada occidental, es decir, donde se encuentra la puerta principal. En esta ocasión el espectáculo conmemoraba los 800 años de la Œuvre Notre-Dame, un montón de esculturas que se encuentran en el museo de la Plaza Rohan, en el que he estado en dos ocasiones y del que he dicho algunas cosas en anteriores relatos. Pero esto apenas está presente en el espectáculo, y la música no era la adecuada.
Mi propósito en este nuevo día, después de desayunar, es visitar Metz. Se encuentra a 146 kilómetros en tren de Estrasburgo y el trayecto dura una hora y media en un tren TER regional con una frecuencia de al menos uno por hora. Lo primero que notas al salir de la estación es que los grandes árboles a lado y lado amortiguan el calor. Salgo de la estación y empiezo a andar hacia el centro histórico a través de la calle del Oro y alcanzando por una lateral la Catedral de Metz. Sin embargo, pese al calor, quiero ver más, y cruzo el río Mosela viendo la pequeña isla en la que se encuentra el Temple Neuf de Metz, un templo protestante de tradición reformada calvinista, construido entre 1900 y 1904. Cruzo al otro lado del río y encuentro el campanario de lo que fue el Templo de Garnison, luterano y construido entre 1875 y 1881 durante el Imperio alemán, que es lo único que queda, pero con sus 92 metros de altura no deja de ser impactante y hay que visitarlo. Retrocedo en mis pasos y esta vez sí entro en la Catedral de Metz, sus bóvedas alcanzan unos 42 metros, y es considerada la Linterna del Buen Dios por sus grandes vitrales que ocupan nada menos que 6.500 metros cuadrados. Fue construida entre el 1220 y el 1522. Al salir paso por una callejuela en la que el aire era caliente y pesado como el plomo, alguien diría que es el lugar correcto para encontrarte con el Diablo. Entonces pienso en comer algo, y buscando lugares, me meto en un kebab que cumple su función.
Cerca de la Catedral, el Museo de la Cour d’Or, fundado en 1839 y dedicado a la historia de la ciudad, es gratuito, y merece la pena verlo. En su interior puedes encontrar 2.000 años de historia desde la época romana hasta el arte moderno. La peculiaridad de este museo es que está compuesto de tres edificios históricos, las termas galo-romanas, un granero medieval del siglo XV, y el antiguo convento de los Petits-Carmes. Cuando entras parece menos cosa de lo que realmente es. Sin embargo, cuidado con perderte porque el recorrido no está del todo bien señalizado. Al salir me dirijo hacia la estación, pasando antes muy cerca de lo que pensé que era un Arco del Triunfo, pero en realidad era una de las puertas de la ciudad, la llamada Porte Serpenoise, que fue reconstruida en el siglo XIX y posteriormente se transformó en monumento. Vale la pena tomarte un buen rato para contemplar el edificio de la Estación de Metz, fue construida entre 1905 y 1908 por los alemanes, cuando este territorio formaba parte de Alemania. Tomo el tren de vuelta a Estrasburgo. Cerca de la estación encontré un buen lugar para tomarme un par de cervezas y más tarde busqué algo para cenar.
Mi plan para este día era el de acercarme a Alemania, pero la realidad cambia estos planes. Mi caminata por Metz me pasó factura en mis pies, por lo que al levantarme decido quedarme en la ciudad. Visito la Pequeña Francia con su canal y sus puentes, y por la zona del Hospital en el barrio de Krutenau me tomo un refrigerio. Entonces recordé algo que me dijo en otro viaje el amigo que trabaja en el hotel sobre una bodega con la barrica más antigua de Europa. Dentro del recinto hospitalario en la Plaza del Hospital, en uno de sus edificios principales, encontraréis en su subsuelo la Cave Historique des Hospices de Strasbourg. Una vez allí parece, efectivamente, hay una bodega con muchos vinos a la venta, pero si sigues hacia el interior puedes ver unos largos pasillos con grandes barriles de vino centenarios. Entre ellos, la barrica más antigua de Europa, en la que se dice que aún contiene su vino, nada menos que desde el año 1472. La historia cuenta que durante muchos años los trabajadores del hospital se pusieron a vender vino para mantener los gastos corrientes de la institución. Está claro que no existía aún la Seguridad Social. No puede haber algo más sorprendente.
Al salir me encamino a la zona de la Catedral y, como encuentro el puesto de salchichas alemanas, me compro una. Luego subo hasta la Plaza Kléber y entro en una librería que ya conocía, la Librairie du monde entier de Gallimard, que tiene la peculiaridad de que puedes encontrar libros en diferentes lenguas. Compro Born in Blackness: Africa, Africans, and the Making of the Modern World, 1471 to the Second World War, de Howard W. French, y Legacy of Violence: A History of the British Empire, de Caroline Elkins. Por la tarde, después de una pequeña conversación con una chica que paseaba un perro, me voy al centro y me acerco una vez más al Au Coin des Kneckes (el rincón de los chicos), donde decido probar una tarte flambée gratinée, que realmente estaba buena, la mejor que he probado en estas tierras. Por la noche, ya en el hotel, cae un chaparrón apoteósico, típico de días calurosos de verano, pero que al mismo tiempo me recuerda a mis lecturas sobre las colonias tropicales. Como es un acontecimiento esperado por todos bajo a comentarlo y a respirar un poco de aire fresco.
Me levanto temprano y después de desayunar me dirijo a Karlsruhe. Para llegar allí he de tomar el tren tipo cafetera entre Estrasburgo y Offenburg, y una vez allí tomar otro hacia Karlsruhe. Puede parecer despectivo que me refiera así a este primer tren hacia Offenbug, para mí es entrañable y realmente es un recurso muy inteligente que conecta Francia con Alemania con trenes cada media hora en ambos sentidos que en España no tenemos ni como idea. Esta conexión de Offenburg la había usado para moverme por la Selva Negra, alcanzar Friburgo o Gengenbach, pero no hacia el norte, por lo que lo que quiero hacer ahora es una novedad. En cualquier caso, es muy sencillo. Al rato sale el tren correcto hacia Karlsruhe, lleno de gente hasta los topes, y al cabo de una hora llego a mi destino. Recuerdo el calor, pero como en Metz, los grandes árboles la amortiguaban. Enfrente de la estación se encuentra el Zoológico, y tienes dos opciones para llegar al centro: el camino de la derecha, que te lleva directo, y el de la izquierda, que es el que tomo, que te desvía bastante. Pronto te das cuenta de que las distancias son más largas que las que aparecen en los mapas y que erróneamente interpretas que son más cortas. En un momento dado un individuo me pregunta por una calle específica, y lógicamente le digo que no tengo ni idea. Más tarde le pregunto yo a otro, y con un poco de inglés, comprendo que está igual de perdido que yo, por lo que decidimos avanzar juntos. Me dice que era turco y médico pediatra, de un pueblo no muy lejos de Ankara, y que está visitando esta región por primera vez. Tomamos un café, él invita. Y seguimos avanzando, hasta llegar al Schlossgarten, el Jardín del Palacio de Karlsruhe, que conforma un gran abanico. Entonces a través del Jardín Botánico llegamos al Karlsruher Schloss. Este palacio fue creado en 1715, cuando el margrave —el conde de la comarca— Carlos Guillermo de Baden-Durlach fundó la ciudad de Karlsruhe. En el palacio se encuentra el Badisches Landesmuseum, el museo estatal de Baden, pero lleva meses cerrado porque lo están remodelando. Decidimos bordearlo por atrás hasta alcanzar la parte de delante. Este palacio, en sus inmediaciones, cuando has recorrido la gran avenida hacia abajo, tiene una estatua de Großherzog-Karl-Friedrich-Denkmal, el Gran Duque Carlos Federico (1728–1811), uno de los gobernantes más importantes de esta región.
Avanzando más llegamos a la Marktplatz, donde se encuentra la impactante Pirámide de Karlsruhe, construida con piedra arenisca roja entre 1823 y 1825, justo encima de la cripta de Karl Wilhelm, es decir, Carlos Guillermo de Baden- Durlach, muerto en 1738. Tenía hambre, así que, por iniciativa mía, tomamos algo en un kebab turco, y nos comemos un durum kebab realmente sabroso. Mi compañero circunstancial finalmente se va a buscar un alojamiento, y yo decido ir volviendo. Tenía pensado visitar el Museo de Historia Natural. Pero las distancias y este calor son insoportables. Para no pegarme una vez más una gran caminata, decido tomar el tranvía, que aquí llaman tren tranvía. Bajas como si fueras a tomar el metro, pero me esto merece una explicación. El tren tranvía no solo te permite moverte por la ciudad con trayectos subterráneos, sino también por el exterior a grandes distancias de localidades cercanas. Así pues, tomo uno de los tranvías y en cinco paradas llego a la Karlsruhe Hauptbahnhof, una auténtica puerta de entrada al resto de Alemania con multitud de destinos. Retengamos este dato.
Tomo el tren en dirección a Basilea y hago parada en Offenburg para tomarme algo en un local cercano a la estación, y luego doy una vuelta por su zona céntrica, y en la plaza del mercado, la Alter Marktplatz, me encuentro con un monumento que me llama la atención. Es el Gefallenendenkmal, el monumento a los caídos, en memoria de los soldados de Offenburg que murieron durante la Guerra franco-prusiana de 1870–1871. Está compuesto por un águila de bronce con una corona de laurel, medallones del emperador Guillermo I y el Gran Duque Federico de Baden, y, lo más importante, un soldado joven herido o moribundo, sostenido por otro mayor que lleva una bandera; en la parte posterior aparece el nombre de todos los fallecidos.
Sigo mi marcha y compruebo cómo los precios son prácticamente los mismos que en mi país, con la salvedad, claro está, de que los sueldos aquí son mucho más altos. En el tren de vuelta a Estrasburgo dicen por megafonía que el trayecto se terminará en Kehl, donde podrás tomar un efectivo tranvía para llegar a donde quieras, incluida la estación central, omitiendo, claro está, que precisamente durante este mes la circulación por el centro está interrumpida. Un chico, al oírlo, me pregunta en inglés si esto efectivamente es así, y yo, al detectar que hablaba español, resulta que era ecuatoriano —esto debe de ser la Hispanidad—, le comenté que lo detecté anteriormente en la aplicación, pero que a la ida no tuve ningún problema. Y así ha sido. Ya en Estrasburgo voy al lugar ya habitual a repetir mi cena del día anterior y volví al hotel. Allí conozco a otro trabajador que habla español y nos ponemos a hablar junto con el que más conozco un buen rato.
Por la mañana, una vez más, había perdido el interés por las largas distancias —andando— y me levanto más tarde. Decido ir a Nancy, la capital de la Lorena en la parte que tradicionalmente que ha sido y es francesa. La distancia y el tiempo entre Nancy y Estrasburgo, aunque esté en línea recta y más abajo de Metz, es similar. Al llegar salí de la estación y tomo una de las calles principales, todo recto, hasta llegar a la Plaza Stanislas. Tanto las calles como esta plaza, con su suntuosidad, me recuerda a París. Entonces veo el horror, el horror de un hombre negro tirado en la calle con las piernas amputadas. Decido seguir mi camino. No me complico mucho la vida para comer algo, aunque la aplicación de mapas más usada no es tan fácil de utilizar. Me acerco de nuevo a la Plaza Stanislas para verla mejor, en el centro hay una estatua —como no podía ser de otra manera— de Stanislas Leszczynski (1677–1766), último duque de Lorena, que antes fue Rey de Polonia hasta que perdió su trono en el contexto de la Gran Guerra del Norte contra el Imperio ruso. En cada extremo hay una puerta con rejas doradas, dando una impresión de majestuosidad.
Justo tomando esta estatua como referencia puedes empezar una caminata pasando por debajo del Arco Héré por un paseo, una gran avenida que llaman la Plaza de la Carrière, que llega hasta la Plaza del General Degaulle y el Palacio del Petite Carrière, en que actualmente hay un restaurante. En su extremo izquierdo se levanta la Basílica de San Evre de Nancy, construida entre 1864 y 1875, y más hacia delante está el Palacio de los Duques de la Lorena, que dispone del museo que en ese momento estaba cerrado. Desando parcialmente mis pasos y en el lado opuesto llego al Parque de la Pépinière, que me recordó al de la Ciudadela de mi ciudad. Ahí fue cuando un padre con un niño que llevaba una bicicleta me afeó que estuviera fumando en un parque público al aire libre. Justo en el otro extremo de la plaza Stanislas puedes llegar a la Catedral de la Anunciación, que al entrar compruebo que está hecha unos zorros por unas obras de remodelación. En fin, decido que ya tengo bastante y me dirijo hacia la estación de tren. Y al llegar a Estrasburgo, retomé fuerzas en el lugar habitual.
Después de algunos titubeos, y de postergarlo, decido hacer el más difícil todavía, el triple salto mortal, alcanzar Heidelberg desde Estrasburgo, cambiando de tren en Offenburg y luego en Karlsruhe. Una distancia entre 230 y 240 kilómetros realizados en entre 2:30 y 2:45 horas. Tomar tres trenes de ida y tres trenes de vuelta para visitar una ciudad te desalienta por la complicación, y por el pensar que algo puede salir mal. Me levanto temprano, desayuno, y me dirijo hacia la estación de Estrasburgo para tomar el tren tipo cafetera hacia Offenburg. En Kehl suben policías a pedir algunas identificaciones, y también un controlador a pedirme a mí el billete. Llego a Offenburg con el tiempo justo, pero en mi beneficio el tren hacia Karlsruhe va con retraso, así que no tengo problemas en tomarlo. En esta otra estación, nada más bajarme del tren, veo que en el andén de al lado está estacionado el tren regional hacia Heidelberg, así que me subo y al momento se cierran las puertas y se pone en marcha. Llego a Heidelberg sobre las once de la mañana y, después de ver el gran mural en la estación, decido que dispongo de tiempo para ir andando hasta el casco antiguo o ciudad vieja que aquí llaman Altstadt. Las largas distancias en los mapas me desalentaban, pero una vez allí, aunque estas no son menores, veo que entre veinte minutos y media hora puedes alcanzarlo. La calle que tomo, en un lateral, después de pasar por un edificio imponente de una biblioteca, me lleva hasta la estación del funicular hacia el castillo, que se hizo realidad con un murmullo de mucha gente hablando al mismo tiempo. En estas estamos, un montón de gente haciendo cola para subir al castillo, y una espera que en ese momento no quise realizar, mucho menos después de haber acabado de llegar y de la caminata. Está la posibilidad de subir andando, pero por lo dicho es aún más engorroso.
Entonces, desde la Plaza Kornmarkt, donde se encuentra una fuente con una escultura de la Virgen María, a la que llaman Kornmarkt-Madonna, Mariensäule o Muttergottesbrunnen, veo en lo alto de la montaña el castillo. El Heidelberger Schloss se alza 80 metros por encima del Altstadt, y sus primeros edificios se remontan al siglo XIII, luego fue ampliándose en el XVI y XVII. Es una mezcla de gótico, renacimiento alemán y barroco. Imponente, pero, sin embargo, en ruinas desde hace mucho. Durante la Guerra de los Nueve Años (1688–1697) los franceses provocaron graves daños. En el siglo XIX el castillo se convirtió en un símbolo del romanticismo alemán. Pero si algo es característico de Heidelberg a lo largo de la todo su historia, es su universidad, y hoy sigue siendo una de las más emblemáticas de Alemania. Durante el Tercer Reich, la universidad tuvo un papel tanto para los que se sumaron al nazismo como por los que fueron purgados. El 17 de mayo de 1933, en la Universitätsplatz, hubo una de las nefastas quemas públicas de libros de autores judíos, socialistas, comunistas, críticos del militarismo o contrarios al nazismo. Veintiséis profesores y muchos estudiantes fueron expulsados. Premonitoriamente, el escritor Heinrich Heine, en 1821, dijo que «donde se queman libros, al final también se queman personas».
Recorro la calle principal, que se llama precisamente así Hauptstraße en alemán, y encuentro la catedral, pero decido seguir el camino hacia el río Neckar, alcanzando la puerta del Alte Brücke o Puente Viejo que cruza el río. Ahí, a la izquierda, te encuentras la escultura del Brückenaffe, el «Mono del Puente». Desde el puente, en el que puedes ver una escultura de la diosa Atenea, y también del elector Carlos Teodoro, tienes una espléndida vista de parte de la ciudad y el castillo. Retrocedo en mis pasos y entro en la Heiliggeistkirche, la Iglesia evangélica del Espíritu Santo, iniciada en 1398 y terminada en 1544. Al salir busco algo para comer. Compruebo como definitivamente la venta de kebabs ha desplazado a las salchichas alemanas. Me compro un ejemplar del Frankensteinde Mary Shelley y un sombrero para cubrirme de un día especialmente caluroso. Decido volver, pero esta vez lo hago en tranvía. Es muy fácil y te deja justo delante de la estación.
Allí, después de comprobar que no hay un tablón de anuncios, voy mirando por los andenes hasta que encuentro un tren de cercanías con destino a Karlsruhe. Una vez allí, al cabo de poco tiempo, tomo un regional con destino a Konstanz hasta Offenburg. En este tren suben dos de seguridad, que se suman a dos controladores. Me piden el billete y mi identificación. Al llegar a Offenburg voy al establecimiento de la otra vez y me tomo un refresco, poniendo en orden mis notas. Luego vuelvo a Estrasburgo para buscar algún lugar para cenar. En el tren, una vez más, aparecen los trabajos fantasmas en la vía del tren y, en principio, el final del recorrido en Kehl. Daba como la impresión de que por la noche robaban las vías y por la mañana las volvían a poner en su lugar. Pero, como siempre, el tren llega a Estrasburgo. Fui a cenar donde siempre, pero me llevé un chasco. El caso es que siento en unas mesas vacías, pero una del local con la que no había hablado nunca me dice que el local está reservado para una fiesta privada, por lo que lo que me he de ir con el hambre para otra parte. Fue el mejor local en el que me comí la mejor tarta alsaciana, pero como suele suceder a veces, todo se termina fastidiando. Entonces, andando un poco, decido volver al Petit Tigre, y en esta ocasión opto por una tarte flambée tradicional que no estaba mal. Tomo el tranvía y me vuelvo al hotel.
Si viajas a la Alsacia, te detendrás en Colmar. Puede resultar bastante contundente esta aseveración, pero nunca pierdes el tiempo en visitar esta ciudad. La he visitado en varias ocasiones y siempre me ha merecido la pena. En esta ocasión tenía la idea de visitar dedicado a Frédéric Auguste Barthodi, que es el hombre que diseñó la Estatua de la Libertad, que fue ubicada finalmente en la isla Liberty de Nueva York en 1886 como un regalo de Francia a los Estados Unidos, dando la bienvenida a todos los barcos que llegan. Muy cerca se encuentra la isla de Ellis, el principal centro federal de recepción de inmigrantes entre 1892 y 1954, por el que pasaron al menos 12 millones de personas. Sin embargo, esto lo iba a hacer por la tarde. Hablo un buen rato con el trabajador del hotel que más conozco, y luego empiezo un recorrido siguiendo el río hasta que decido retroceder en mis pasos. Me desplazo al centro para comer y tomar un tren, prácticamente a la carrera, que me lleva a Colmar. Al llegar voy andando hasta el centro, pero tomo un camino diferente del de otras veces. Me fijo en que en el suelo hay unas flechas de bronce con la Estatua de la Libertad, pero no le presto mucha atención. Llego al centro por donde está el Museo Unterlinden y sigo viendo estas flechas en el suelo, deduciendo que me van a llevar al museo que antes mencioné. Y te llevan, como cuando en la película del Código Da Vinci Tom Hanks sigue las marcas de Arago que forman el Meridiano de París, pero en este caso dándote un rodeo por la zona más céntrica de Colmar. Te llevan a todas partes. El Museo Barthodi es lo que es, no engaña a nadie, subes a la tercera planta y ves las esculturas modelo que hizo Barthodi para su gran obra. Puedes ver también otro tipo de esculturas e información interesante de cómo fue la donación de la que hablaba más arriba a la ciudad de Nueva York.
Cuando salgo me dirijo a la Pequeña Venecia y luego me tomo algo, en uno de los pubs de la zona, acogedor, pero con un lavabo desolador. Empiezo a andar y entro en la Colegiata de Saint-Martin, y desde ahí me acerco a la parada de autobuses que está justo detrás del Museo Unterlinden, donde un autobús me lleva, por un recorrido distinto, a la estación del tren. Esa noche decido cenar en un restaurante árabe que durante otro viaje estaba cerrado, con más o menos dificultad para la comunicación, ceno un buen plato de pollo con sus patatas y ensalada. Luego vuelvo al hotel.
Hoy es mi último día libre en Estrasburgo. Me levanto tarde, desayuno, y hablo con el trabajador habitual. Dedico la mañana, prácticamente, a descansar. Iniciada la tarde me despido de mi amigo, y me dirijo hacia el centro, empieza a llover, pero es algo muy pasajero. Como algo, me tomo un café, y finalmente, andando hasta la Catedral de Estrasburgo, me decido a entrar una vez más en ella. En la hora en punto todos se acercan al Reloj astronómico para esperar un gran acontecimiento como en un ritual, pero cuando este se produce —no lo desvelaremos en este momento, tan solo diremos que el paso del tiempo a escala humana es esencial— se escucha una ovación porque muchos se sienten engañados, porque sin más esperaban algo más. Esto te lleva a pensar qué es lo que espera el turista medio, si una de las catedrales más antiguas y hermosas de Francia, con un reloj astronómico centenario, o una atracción de feria para atrapar con su teléfono móvil.
Entonces se me ocurre subir hacia la zona de Broglie, donde me tomo un café en una terraza, y luego me acerco al monumento del general Leclerk. Ya la conocía de otras ocasiones, pero bien recordar quién era este hombre y qué es lo que hizo. Philippe François Marie de Hauteclocque (1902-1947), durante la derrota francesa en la Segunda Guerra Mundial, se unió a las Fuerzas Francesas Libres del general Charles Degaulle, se fogueó con sus hombres en África al mando de la 2.ª División Blindada, y el 25 de agosto de 1944 —por esto es conocido— liberó París, para luego avanzar el 3 de noviembre hacia Estrasburgo. En esta división del general Leclerk tuvo un papel importante la Novena Compañía, compuesta por españoles que habían luchado en el bando leal a la Segunda República en España.
Empiezo a andar y por seguir las vías del tranvía y comprobar cómo iban las obras. Este es el gran misterio que ha dejado sin tranvía a muchos en el centro. Así, estamos, así está el Corazón de Europa, en reformas y en construcción, aunque te dejen por nuestro bien sin tranvía mientras tanto. En lugar de volver al restaurante árabe, donde el servicio y la comida fueron buenos, me equivoqué y fui de nuevo a esa segunda opción para las tartas alsacianas, y la tradicional que me sirvieron, aunque el servicio era normal, era terrible… no entraré en detalles. Vuelvo hacia el hotel, hacer tiempo, y preparar todo para mi larga marcha.
Me levanto temprano y desayuno. Voy con tiempo más que suficiente a Gare de Strasbourg, compro agua y también una revista de L’histoire sobre los rusos en Europa a lo largo de la historia. Un cuarto de hora antes de la partida en la pantalla sale reflejada la vía de mi tren a París y en poco tiempo estoy de vuelta a la ciudad de la luz. En Gare de l’Est me fumo un cigarro y hago el recorrido de metro del primer día a la inversa. Llego a la infernal estación de Gare de Lyon y encuentro el Hall 2, que es el que me corresponde para tomar el tren para volver a Barcelona. Para hacernos una idea, el Hall 2 es como toda la Estación de Sants, pero es que resulta que hay tres Hall más. En el viaje tengo por compañera una chica francesa que hace ganchillo y que se bajará en Figueres. A las puertas de Barcelona, entre Parets y Montcada, el tren se detiene al menos un cuarto de hora porque hay problemas en la señalización. Recuerdo que un mes antes durante las obras de soterramiento se hundió el terreno. Recuerdo también la pesadilla del tren de cercanías en mi tierra que ha dejado desamparados a muchos. Llego por fin a Barcelona, comprobando cómo en la Estación de Sants estamos metidos en una ratonera, de la que se sale solo con una escalera mecánica y una cola interminable. El metro no es para menos, voy como en una lata de sardinas. Compruebo cómo Barcelona tiene el sabor y un color especial.
Este ha sido mi último viaje al corazón de Europa —espero que no el último—, en el que he recorrido 4.500 kilómetros en tren, una vez más atravesando fronteras, en unas regiones que todas ellas son una frontera y un lugar de contacto plural al mismo tiempo a lo largo de la política, la historia y la cultura. Me he reencontrado con amigos de esos que te encuentras por ahí. Un viaje en el que tenía motivos objetivos para estar muy animado, pero en el que el calor, el cansancio y la precariedad previa al viaje en todas sus dimensiones de nuestra vida diaria, incluido el desdén en el lenguaje, cuando no estamos viajando y haciendo este tipo de cosas, han hecho mella. Pero no ha sido un mal viaje. Sin duda, ha merecido la pena.
Francesc Sánchez – Marlowe. Barcelona.
Redactor, El Inconformista Digital.
Incorporación – Redacción. Barcelona, 22 Agosto 2026.
