La nueva política de bloques nos emplaza a la no intervención – por Francesc Sánchez


La guerra contra el terrorismo internacional que lidera Estados Unidos tras los atentados terroristas del 11 de Septiembre de 2001, y la respuesta cuasi automática para bombardear el santuario de Al-Qaeda en el Afganistán de los talibanes, coyunturalmente unió al mundo contra un enemigo fantasma que podía golpear el corazón de nuestras ciudades, sin embargo la manipulación de estos propósitos que hizo la Administración de George W. Bush para destruir el Estado de Iraq de Sadam Husein, acusado falsamente de poseer armas de destrucción masiva y mantener lazos con los terroristas, produjo un cisma político entre sus aliados cuando Francia y Alemania decidieron no participar ni avalar esta guerra. Mientras esto sucedía Rusia como heredera de la Unión Soviética se resarcía cerrando filas hacía Vladimir Putin, tanto internamente en su política militar contra los rebeldes chechenos, como externamente reconfigurando su política exterior en las ex repúblicas soviéticas considerándolas su principal área de influencia. La guerra en Ucrania, y ahora en Oriente Medio, vuelve a situar cara a cara a los dos viejos rivales, y a plantear una política de bloques enfrentados. Por estos hechos podríamos ver que el mundo vuelve a estar dividido virtualmente por las dos superpotencias, y que la neutralidad, como lo fue durante la Guerra Fría del pasado siglo XX, puede de nuevo a volver a jugar un papel importante.

Hacía finales de 1978 Emilio Menéndez del Valle nos explicaba en el periódico El País que la política de neutralidad en Europa fue adoptada por primera vez jurídicamente por unos acuerdos que la Confederación Helvética hizo valer en el Congreso de Viena y la Conferencia de Paris en 1815, ratificados a su vez después de la Gran Guerra en la Conferencia de Versalles de 1919. Austria, después de la Segunda Guerra Mundial, adquirió también la neutralidad en 1955 tras unas negociaciones con la Unión Soviética, refrendándola en el Parlamento mediante una ley constitucional, algo que tuvieron que aceptar los Estados Unidos, el Reino Unido y Francia. Luego estaban los países nórdicos, que jurídicamente no se declaraban neutrales, pero que políticamente de facto lo eran. El primero lo fue Suecia que desde 1815 se mantiene neutral, y después Finlandia, que desde 1939 a 1945 estuvo involucrada en el escenario de la Segunda Guerra Mundial en tres guerras (primero contra los soviéticos, después contra éstos aliada con los alemanes, y después para expulsar a estos últimos), y que en 1948 firmó con la Unión Soviética un Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua. El pequeño país de Hamlet y Noruega se alinearon con la OTAN, pero como nos señala Emilio Menéndez del Valle la neutralidad de Suecia y Finlandia mantuvo cierto equilibrio regional, que permitía a estos dos últimos países si no la plena independencia si cierta autonomía. Esta era la apuesta de Emilio Menéndez del Valle para la Península Ibérica, algo que subscribía por aquel tiempo el PSOE con su negativa a la incorporación de España en la OTAN, la progresiva evacuación de las armas nucleares y las bases estadunidenses, y la apuesta por un neutralismo que buscase la paz en el mundo.

En cualquier caso el fenómeno más importante de neutralismo durante la Guerra Fría fue el que lideraron en 1955 en la Conferencia de Bandung las naciones emancipadas de los imperios lideradas por Nasser (Egipto), Nehru (India), Sukarno (Indonesia) y Tito (Yugoslavia) cuando proclamaron el Movimiento de Países No Alineados. Este fue, como nos explicaba el polaco Ryzard Kapunscinski, uno de los grandes acontecimientos del pasado siglo: cuando los países emancipados de los imperios coloniales europeos emergen en el Tercer Mundo y por lo tanto deciden no entrar en el juego de las dos grandes superpotencias. Sin embargo los conflictos heredados y la realidad geopolítica que las dos grandes superpotencias quieren imponer a estas nuevas naciones, alentando si es necesario la politización de las diferentes realidades culturales o confesionales, que provocaran guerras entre países limítrofes, golpes de estado, y guerras civiles que romperán estos países en pedazos, y terminaran por desangrar a sus pueblos.

La caída en cadena de todos los regímenes de Europa del Este, hábilmente alentada por occidente, y poco después de la implosión de la Unión Soviética, por toda una serie de motivos explicados en un artículo anterior, provocaron un vacío de poder que fue llenado rápidamente por Washington. La Guerra del Golfo en 1991 contra el régimen de Sadam Husein que llevo a cabo una gran coalición internacional liderada por los Estados Unidos, y el bombardeo de Yugoslavia por la OTAN fueron la carta de presentación del nuevo orden mundial: la tesis completa fue la adhesión a la OTAN de la totalidad de países de Europa del Este que hasta entonces formaban parte del Pacto de Varsovia. Estos países, como sucedió también con España después de que completará su transición desde la dictadura a la democracia, ingresaron también en el mercado y las estructuras europeas. Ahora Bruselas está preocupada por las involuciones democráticas y la falta de solidaridad con los refugiados en Hungría y Polonia pero en su momento la adhesión fue rápida y completa. En este proceso se llegó también a integrar también en el binomio occidental a las repúblicas bálticas que formaban parte de la Unión Soviética con un regalo envenenado para la Unión Europea: cientos de miles personas nacidas en estos territorios que tienen un origen ruso y hablan esta lengua que cuando las repúblicas se separaron de la Unión Soviética se quedaron ahí y que pasaron a una condición de apátridas sin tener el derecho de ciudanía. Otro regalo envenenado lo es el enclave ruso de Kaliningrado, en lo que era antes Königsberg (la patria de Kant) en la Prusia Oriental, y ahora un territorio problemático entre Polonia y Lituania, en el que los rusos mantienen un verdadero ejército: este enclave y la enemistad mutua entre las repúblicas bálticas y Rusia obliga en estos momentos a nuestro país a patrullar el espacio aéreo con los cazabombarderos Eurofighter Typhoon por nuestros compromisos atlánticos.

La guerra civil en Ucrania en la que se enfrentan los dos grupos étnicos mayoritarios, el ucraniano que habla ucraniano, que habita sobre todo la parte occidental del país, y el ucraniano que habla ruso que habita la parte sur y oriental del país, tuvo sus prolegómenos en la Revolución Naranja de 2004, y estalló de facto en la Revuelta de Kiev cuando la oposición, alentada durante meses por el bloque occidental, dio un golpe de estado. Pero el origen más materialista del conflicto lo encontramos en la disputa por el gas entre Kiev y Moscú entre 2006 y 2009, cuando Vladimir Putin dejó de subvencionar a Ucrania el gas procedente de Rusia, y estos últimos empezaron a desviar el gas con destino a Europa central para su uso doméstico. Cuando el presidente Viktor Yanukóvic no está dispuesto a aceptar el acuerdo de Asociación con la Unión Europea, porque considera que eso destruirá a la industria ucraniana, y se acerca al acuerdo de Asociación con Rusia estalla la revuelta en las calles de Kiev. La reacción de los ucranianos de habla rusa fue la rebelión de las provincias de la cuenca minera del Dombass, y la de Moscú la toma incruenta de la península de Crimea, enclave estratégico en el que se encuentra la principal base de la Armada rusa en el Mar Negro, que fue cedido por Jrushchov en 1954, y ahora recuperado de nuevo primero por las botas militares y después por un referéndum ah hoc.

El segundo disentimiento importante entre Moscú y Washington es en la guerra regional que asola Oriente Medio en Iraq, Siria y el Yemen: las dos superpotencias no se han enfrentado directamente en este escenario bélico pero lideran dos coaliciones militares con aliados enfrentados y con propósitos lógicamente diferentes. Mientras Washington lidera una coalición con sus aliados árabes, en la que se han sumado Turquía, el Reino Unido y Francia (cada aliado por lo que parece con su propia autonomía en el momento de marcarse sus objetivos), para bombardear desde el aire al Estado Islámico, Moscú hace lo propio con Irán, Iraq, Siria y las milicias chiítas libanesas de Hezbola. No es un secreto que la alianza del bloque occidental ha suministrado armamento y ha entrenado a los rebeldes sirios para derrocar al régimen baazista de Bashar Al Asad, hecho que el propio Pentágono ha admitido reconociendo que ha sido un auténtico fracaso, porque tanto parte del armamento como los milicianos han terminado en las filas del Estado Islámico. Por lo que respecta a los rusos y sus aliados tampoco es un secreto que son el principal soporte del régimen baazista sirio, y por esa razón aunque Washington y Moscú tienen como objetivo combatir el Estado Islámico difieren del destino de Siria, y probablemente también en Iraq.

Este disentimiento entre los dos bloques cuando observamos que en las dos alianzas están incluidos de un lado Arabia Saudita y de otro Irán, líder del sunismo y líder del chiísmo respectivamente, podemos entender mejor un conflicto armado del que poco se habla como el del Yemen, donde Arabia Saudita ha tomado partido activamente por el bando gubernamental pensando que los rebeldes chiítas del Yemen pueden alentar a la revuelta a su propia población chiíta en el sur del país. Podemos entender también porque Arabia Saudita hace una cumbre con todos los rebeldes sirios para coordinar su estrategia en contra del régimen baazista, mientras Irán y Hezbolla luchan por Bashar Al Asad. Y en este gran lío nos queda Turquía que, mientras bombardea a los kurdos en Siria, derriba un cazabombardero Sukoi ruso y poco después es denunciada públicamente por el Ministerio de Defensa ruso de traficar con el petróleo del Estado Islámico.

Creo que todos consideramos que el Estado Islámico es una amenaza, no solo cuando lleva a cabo atentados terroristas en Europa y en el resto del mundo, sino también porque mata, reprime y esclaviza a las poblaciones de Iraq y Siria que no se unen a ellos, pero después de este breve desglose que hemos hecho, considerando que Turquía es miembro de la OTAN, ¿a qué guerra nos estamos enfrentando? ¿Contra quién es la batería de misiles Patriot que España tiene en las inmediaciones de la frontera de Turquía con Siria? Negro sobre blanco: ¿Va acaso España a entrar en guerra al lado del bloque occidental contra la alianza de Moscú y Teherán defendiendo los intereses de Arabia Saudita? ¿No habíamos quedado que el enemigo era el Estado Islámico?

No debemos mirar hacia otro lado cuando presenciamos las barbaridades del Estado Islámico, pero si no está claro el escenario de guerra y a quién combatir y porqué, a España no le conviene alistarse a ninguna campaña militar que puede terminar para todos de la peor de las maneras. Por todo lo escrito hasta ahora podemos ver que la política de bloques vuelve a ser un hecho aunque el sistema económico, con pequeñas diferencias, que defienden las dos superpotencias sea el mismo, aunque en estas alianzas existan diferentes aliados con sus propias peculiaridades e intereses. El escenario recuerda vagamente al de la Gran Guerra. De ahí que el neutralismo que durante la Transición defendían insistentemente en España los socialistas, aunque pueda parecer utópico y no faltará quién lo tache de cobarde, vuelve a cobrar un sentido a tener en cuenta.
Para saber más
La existencia entre sunitas y chiítas viene de la disputa por la sucesión tras la muerte del profeta: los que toman partido por el yerno de Alí (de ahí el término chíat-u-Ali) como sucesor de Mahoma y el resto, que comúnmente conocemos como sunitas, que prefiere otro líder para el Califato. Las diferencias entre sunníes y chiíes son las de una familia frecuentemente mal avenida pero no por ello irreconciliables como lo prueba que durante mucho tiempo en Iraq, Siria, y El Líbano, y otros países hayan convivido y los matrominios mixtos sean muy comunes. Pero siendo esto una realidad lo es también que en la mayoría de países de Oriente Medio la confesionalidad está ligada al poder político y por lo tanto se instrumentaliza políticamente: de ahí tenemos que la teocracia gobernada por la familia Saud en Arabia Saudita se presente como líder del sunismo (aunque su interpretación sea la sunita wahabita de la escuela hambalí no perdamos de vista que en este territorio se encuentra las ciudades santas de la Meca y Medina), y la República Islámica de Irán, tutelada por los clérigos, se presente como líder del chiísmo. No conviene abusar de la confesionalidad para explicar la guerra en Oriente Medio, porque hay otros factores como lo es la economía, los recursos energéticos, y la política interna de cada país, pero no contemplarla como un elemento importante más, que como hemos dicho está ligado a la política y el poder, es no entender bien la región.
Pocos días después de la publicación de este artículo los Estados Unidos y la Unión Europea han anunciado el fin de las sanciones sobre Irán por su contencioso nuclear que mantenía la comunidad internacional. La República Islámica de Irán renuncia al enriquecimiento de uranio –necesario para la obtención de la bomba atómica- y reconduce su programa nuclear para fines pacíficos, algo que Irán siempre ha mantenido pero que nunca convenció al bloque occidental. El fin de las sanciones se puede traducir en la liberación de 100.000 millones de dólares por parte de los Estados Unidos que pertenecen al gobierno iraní, también significa el fin del embargo petrolero por parte del bloque occidental, por lo que Irán, con capacidad para producir 2,7 millones de barriles diarios, en estos momentos puede volver a exportar su crudo a la Unión Europea. No obstante hasta la fecha este acercamiento entre Washington y Teherán no ha llegado por el momento a cambiar en nada las dos alianzas separadas que combaten al Estado Islámico. Las dos estrategias siguen igual. En cualquier caso la reconducción del programa nuclear iraní y el fin de las sanciones es una buena noticia.
Francesc Sánchez – Marlowe. Barcelona.
Redactor, El Inconformista Digital.

Incorporación – Redacción. Barcelona, 16 Enero 2016.