Siete años en el Tíbet de Heinrich Harrer – por Francesc Sánchez
En el mes de julio de 1938 un grupo de escaladores formado por Anderl Heckmaier, Ludwig Vörg, Heinrich Harrer y Fritz Kasparek, lograron alcanzar por primera vez la cima del Eiger por su cara norte, considerada inaccesible hasta entonces, con sus 3.970 metros esta montaña es de las más altas de los Alpes, y su escalada se convirtió en su momento en un acto propagandístico del Tercer Reich. Pues bien, un año después, uno de estos hombres, Heinrich Harrer se unió a Peter Aufschnaiter, Lutz Chicken y Hans Lobenhoffer para ir al sistema montañoso del Himalaya y tratar de alcanzar la cima del Nanga Parbat de 8.125 metros, una obsesión para los alemanes que fracasó una y otra vez, y que el grupo que aquí nos reúne tampoco alcanzó. Estalló la guerra y estos escaladores fueron recluidos en un campo de prisioneros en la India británica por un tiempo indefinido, sin embargo, Heinrich Harrer toma la iniciativa de fugarse y, después de un intento infructuoso por el que fue devuelto al campo, lo consigue junto con otros. Entre sus compañeros de fuga se encuentra Peter Aufschnaiter, y el objetivo es alcanzar una tierra poco conocida y lejos de todo, el Tíbet, en el que ambos permanecerán durante lo que queda de guerra y unos cuantos años más.
Este es el inicio del relato que Heinrich Harrer que tituló Siete años en el Tíbet, y que de una forma un tanto libre, aunque muy bien traída, filmó Jean-Jacques Annaud en 1997, con Brad Pitt y David Thewlis como protagonistas.
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Heinrich Harrer y Peter Aufschnaiter cuando llegan al Tíbet no son bien recibidos porque los tibetanos no quieren intrusos. Por lo que la insistencia de ambos en quedarse sin la debida autorización los convierte automáticamente en inmigrantes ilegales. No se puede decir que les traten mal en ningún momento, pero esta situación precaria se mantendrá hasta que después de un largo y duro viaje logran llegar a Lhasa, y allí después de ser acogidos en su casa por un miembro importante de la comunidad, se convierten, podríamos decir, en interesantes de conocer por muchos otros. Incluidos los miembros de la delegación británica y china. Esto sumado a que se ponen a hacer algunos trabajos y comparten sus conocimientos es lo que les salva, pasando a formar finalmente parte de esta sociedad, que, aun aceptando las novedades, por su marcada estructura y la conservación de sus tradiciones, no vive en el mismo tiempo del resto del mundo.
La sociedad tibetana que se encuentran, sin obviar que mantiene el comercio con otros pueblos para proporcionarse todo aquello que no disponen, vive de lo que la tierra les proporciona, mantiene marcadamente sus tradiciones, y su columna vertebral es toda una serie de notables, dirigidos por los clérigos budistas, formados en grandes monasterios, que en su cúspide mantienen a la reencarnación del último Dalái Lama como su máxima autoridad, y que habita el gran templo del Potala en lo alto de la Colina Roja. Podemos aceptar que su sistema social y económico se parece mucho al feudalismo europeo y su sistema de poder es una teocracia. Pero el Tíbet es diferente. Heinrich Harrer llegará a conocer al joven Dalái Lama, pasando a ser su profesor en todo aquello que este desconoce, entablando una amistad en la que la construcción de una pequeña sala de cine tendrá su papel. La paradoja de esta sociedad es que al mismo tiempo que vive en su mundo aparte parece que necesita de conocimiento. Quiere conservarse y protegerse de influencias externas, pero no quiere permanecer al margen de lo que el resto del mundo les pueda aportar. Tal vez deberíamos decir que el sistema de pensamiento que todos comparten, el budismo, es lo que estructura esta sociedad.
Para los budistas la muerte no es el final. Cada individuo al fallecer ocupará otro cuerpo, un nuevo nacimiento, que, en función de sus buenas o malas acciones e intenciones, y también de su apego o desapego al mundo, hacía a todo aquello nos aferra, será en una situación más ventajosa o desfavorable. Esta es la ley del karma que mantiene el orden en el universo: en función de lo que das, recibirás. Puede que tu nuevo nacimiento, reencarnación, sea en una mosca, y por eso los budistas son incapaces de hacer daño a ningún ser vivo. Sólo el que alcance la plenitud, el nirvana, será capaz de romper el ciclo de las reencarnaciones que los budistas llaman samsara. Pues bien, en función de este sistema el primer Dalái Lama al fallecer volvió a nacer en un niño, y este al crecer se convirtió a su vez en Dalái Lama, iniciando una vez más este ciclo hasta nuestros días. Cuando Heinrich Harrer llega a Lhasa, cómo decíamos, conoce al décimo cuarto Dalái Lama, Tenzin Gyatso, que es la misma persona que hoy conocemos, y a la que se le concedió el Premio Nobel de la Paz muchos años después. El budismo tibetano es una rama de una religión, o una filosofía -cómo ellos prefieren llamarlo-, que inició Siddhartha Gautama quinientos años antes de nuestra era, que no sólo se extendió por muchas otras regiones de Asia, desde el Nepal al Japón, sino que muchos occidentales la han incorporado a sus vidas, aunque desconozcan lo fundamental, malinterpretándolo, o escojan lo que más les conviene.
Cuando Heinrich Harrer sale del Tíbet en el año 1950 el Ejército de la nueva China Popular ha empezado a ocupar el país. Los chinos comunistas liderados Mao Zedong, primero se enfrentaron al Imperio del Sol del Japón en la guerra mundial, y después a los chinos del Kuomintang, el Partido Nacionalista, liderado por Chiang Kai-shek. Mientras los primeros levantan la República Popular de la China, estos últimos tras su derrota en 1947 se refugian en la Isla de Formosa, dando origen al Estado de la República de China, que conocemos por el nombre de Taiwán. En el imaginario chino el Tíbet siempre ha formado parte de su país por razones históricas y políticas, pero también estratégicas, su intención fue apoderarse de una gran región rica en recursos naturales. Frente a esta situación muchos tibetanos, incluido el Dalái Lama, después de una guerra muy desigual, por falta de organización y preparación, abandonan Lhasa para dirigirse hacia el sur. El Estado chino ofrece un año después una propuesta de autonomía que bautizaron como el Acuerdo de los Diecisiete Puntos, que acepta el gobierno tibetano. Este acuerdo mantendría el gobierno local tibetano mientras China pasaría a controlar las funciones de defensa y representación internacional. Es el momento en que el Tíbet ya ha quedado oficialmente incorporado a China como la Comunidad Autónoma del Tíbet. Sin embargo, este plan no es respetado, porque los chinos pasan a aplicar su sistema socioeconómico, y se inicia una nueva guerra entre los tibetanos y el Ejército chino. Estamos en el año 1959. Este es el momento en que el Dalái Lama decide dejar atrás finalmente el Tíbet y alcanzar la India, donde permanece desde entonces en la ciudad de Dharamsala.
La llegada del ejército chino es presentada por estos como el momento de la liberación del feudalismo para el pueblo tibetano, para muchos de los tibetanos fue una catástrofe. Lo cierto es que esa liberación trató de substituir lo que se encontró por un nuevo credo que durante mucho tiempo fue la sumisión a un Estado totalitario sin muchos alicientes. Tanto los chinos como los tibetanos sólo empezaron a respirar mejor a partir de 1978 con las reformas económicas de Deng Xiaoping, cuando obtuvieron mejoras materiales y una mejor calidad de vida. Sin embargo, el hecho es que muchos tibetanos, tanto los que se fueron, como los que se quedaron, se oponen a esta nueva sociedad que se les ha impuesto, no sólo desde posiciones ideológicas o nacionalistas, sino también en contra del desarrollo económico que ha provocado un importante impacto ambiental, y siguen manteniendo en su cabeza sus particularidades, la defensa de su cultura y su lengua, y desearían alcanzar un Estado independiente. Y esto en China sigue siendo un anatema. Para otras potencias un filón a explotar en su enfrentamiento global no sólo por ser China la fábrica del mundo, sino por sus ambiciones globales como superpotencia. El planteamiento del Dalái Lama es la obtención de una autonomía mejor buscando la preservación de la cultura, la religión, y la lengua. Una postura intermedia entre lo que hoy es el Tíbet y la ruptura total. El Dalái Lama ha renunciado a todos los cargos políticos, pero se mantiene como líder espiritual y religioso del budismo tibetano.
La sociedad que en la que vivieron estos dos viajeros no debía ser muy diferente a la que conoció Alexandra David-Néel en 1924, se puede leer al respecto Mi viaje a Lhasa. Por alguna razón me viene a la memoria Horizontes perdidos de James Hilton, llevada a la gran pantalla magistralmente por Frank Capra, donde encontramos aquel valle idílico entre montañas en lo más profundo del Himalaya al que llega un grupo de personas diversas de una forma misteriosa, después de huir del desplome de una sociedad, que pretende ser un santuario espiritual desde el que recuperar el mundo después de la gran tormenta que se avecina. Pero si recordamos el relato, Sangri-La mantiene la coerción y no está hecho para todos. No puedo dejar de mencionar tampoco el relato de El hombre que pudo ser rey de Rudyard Kipling, que como sabréis John Huston llevó a la gran pantalla bajo el título en España de El hombre que pudo reinar, y que en cierta forma es interesante para ver las semejanzas y las diferencias en el relato que hoy aquí nos convoca. En mis estudios de Historia me dio por apuntarme a la asignatura de Historia del Tíbet que impartía Josep Lluís Alay, por lo que alguna cosa también quedó ahí. Finalmente existe también un documental llamado también Siete años en el Tibet de 1956 dirigido por Hans Nieter, nominado para la Palma de Oro en el Festival de Cannes, en el que se incluyen filmaciones del propio Harrer y que es por esta razón un documento histórico de primer orden.
El hecho de que, durante esos años que Heinrich Harrer y Peter Aufschnaiter pasaron en el Tíbet, medio mundo estuviera matándose en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial, y que, poco después de su finalización, el nuevo Estado chino decidiera invadir el Tíbet, pone en alza esta historia y, por todo lo que nos cuenta Heinrich Harrer en su relato, este ha sido durante mucho tiempo un importante testimonio que ha dado a conocer esa sociedad, y también un poderoso mensaje de denuncia de un conflicto aún no resuelto.
Redactor, El Inconformista Digital.
Incorporación – Redacción. Barcelona, 23 Octubre 2025.
